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Dándole la merienda mi hijo de seis meses, descubro estupefacto en un canal infantil (concretamente Disney Jr.), bajo la estela del bombardeo comercial que antecede a la Navidad, un anuncio que me ha llamado poderosamente la atención. Nada más y nada menos que una gama de perros de juguetes llamados CHI CHI LOVE, la mascota ‘showstar’. Sí, amigos, un gran nombre como pseudónimo de una meretriz de prostíbulo de carretera o de cantante transexual de los 80, pero inadecuado para un perrete que haga las veces de mascota de peluche de los niños. Por un lado, está el concepto mismo del juguete como tal: un can que constituye esa imagen de altos patrimonios que invierten su fortuna en el cuidado y el derroche por el bienestar del animal de compañía; alimentarle con galletitas de carne de Kobe, van a la peluquería una vez por semana, reciben masajes, visten joyas y prendas de alta costura o viajan constantemente en bolsos de diseño de precio exorbitado. Ese tipo de perros que viven mejor que la mayoría de cualquier ser humano. Todos sabemos de qué va la cantinela.
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Lo segundo, su precio. Es cierto que los modelos más asequibles están al alcance de cualquier bolsillo, sin embargo y como era de esperar, los Chi Chi Love estándar no tienen nada ver con los modelos a los que está destinado al objetivo de venta de la empresa (Simba Iberia), cuya finalidad es la captación de la mirada infantil más pudiente para la venta de todo tipo de complementos y accesorios para este peluche que bien podría ser un simulacro textil del perro de Paris Hilton. En tiempos de crisis, donde los ricos son cada más acaudalados y los pobres más numerosos y con menos recursos, no es mala idea transmitir esa paradigma de la burguesía del despilfarro, del consumo sin freno por encima del usufructo necesario.
Ése que la clase alta utiliza para mirar por encima al resto del mundo. El ideal del Chi Chi Love está claro: convertir desde la más tierna infancia a los niños y niñas en esclavos del consumismo, del alto ‘standing’ y el lujo, de la desigualdad económica y social a cualquier precio. Un perro de peluche que es el símbolo de cómo a un cierto sector de la sociedad le da por culo la promoción del desarrollo común en beneficio de los más desfavorecidos, el acceso a la educación, a la salud y a las oportunidades de participación o la seguridad colectiva y los derechos humanos.